sábado, 28 de noviembre de 2009

NOCHEBUENA: EN TU CASA



Once de la mañana o "hora bruja del funcionario". Es el momento del café, la pausa, el pincho, la compra rápida o de todo lo que quepa en "bajoysuboenunminuto". A esa hora es difícil localizar a algún profesional al otro lado del teléfono. En la empresa privada estarán reunidos, en la administración "tomando un café" y todo será cierto. Siempre hay excepciones, también es cierto.

A las once el teléfono, como por arte de magia, deja de sonar y parece que ya nada es urgente. Es el momento de la llamada o llamadas personales. Tiempo máximo tres minutos:

-Hola mamá, ¿qué tal vas?. Sólo tengo un momento pero quería decirte que Nochebuena la pasamos en tu casa.

- Fenomenal. ¿Quienes venís?.

- Vamos todos. Bueno, todos no. El gato se queda en casa que si no nos da la cena. ¿Qué quieres que te lleve?. ¿Te parece bien una ensalada de piña y un tronco de chocolate?.

- Bien. Mejor que los turrones que siempre se quedan

- Por cierto, pregunta Paquito si este año también hay que ir "de corbata".

- No. No. No. Este año no. Lo de corbata se acabó.

- ¡Ay, Mamá!, ¡no sabes el peso que me quitas!, ¡con lo que le cuesta todos los años ponerse corbata!.

- No. No. No. ¡Este año de pastorcitos!. ¡Pas-tor-ci-tos!. ¡Ya está bien!. ¡Así seguro que no se le olvida a nadie irse de mi casa sin pasar por el portal!.

- Madre, te tengo que dejar. Ya hablamos

¡Qué barbaridad!. ¡Cómo se ponen las abuelas cuando se sueltan la melena!.


PASTORES, VENID

miércoles, 25 de noviembre de 2009

SOBRE TRIGLICÉRIDOS Y OTRAS BANALIDADES



Andaba yo preocupada por los triglicéridos. Peor aún, andaba muy preocupada por preocuparme por los triglicéridos. Los años no pasan en balde y el resultado de los análisis estaba ahí para demostrarlo. Ya tenía suficiente con el trabajo, la compra, la crisis, los exámenes, la proximidad de la preadolescencia, las manchas, las arrugas y demás menesteres del día a día como para preocuparme por los triglicéridos. Doscientos treinta triglicéridos para ser exactos. Supongo que cuando uno se preocupa por los triglicéridos ha de preocuparse por la tensión ya que ambos "parámetros" pertenecen a la misma "familia". Así que éste, y no otro, fue el motivo por el que decidí entrar. Nada como ir de tiendas para relajarse y cuidar la salud.

Si bien la "orden de alejamiento" continúa vigente, el precio de cada prenda superaba en dos ceros el límite de mi visa por lo que no había posibilidades de conculcarla cayendo en el dispendio. Entré despacio en la tienda "it" del momento y enseguida reconocí cierta similitud con los restaurantes caros. Cuanto más caro es el restaurante más grande es el plato y más escasa la comida. Una mezcla de salón y cuarto de estar con flores frescas y maderas oscuras y, en cada esquina, unas cuantas prendas de ropa estratégicamente colocadas. No más de cinco o seis por zona. En una butaca una chica de unos veinticinco estaba sentada con cara de abatimiento, mientras que otra, más joven, buscaba entre las perchas con delicadeza. Por como colocaba las prendas adiviné que sería la dependienta. Ninguna de las dos tenía aspecto de preocuparse por los triglicéridos, las arrugas, el peso o el gimnasio sino más bien de "errores de la naturaleza". Ese subconjunto femenino a las que todo, todo, absolutamente todo les queda bien. Esas que suelen salir en las portadas de las revistas y en las vallas publicitarias haciéndonos sentir, si cabe, más pequeñas.

Así que entre cashemir, pelo de camello, seda salvaje y tejidos futuristas decidí averiguar el motivo de preocupación de la joven (1*) mientras recordaba con nostalgia lo bien y discretamente que se revuelve en Zara (*2). Alfredo había invitado a Marta, la joven abatida y su flamente novia, a la cena de empresa y, como es natural, Marta no tenía qué ponerse. Mónica, que así se llamaba la dependienta, intentaba ayudarle en la resolución de semejante drama. Por las dos tazas de "Café y Té" de la mesita y por el número de prendas que se apoyaban sobre un decorativo diván, entendí que llevaban un largo rato intentando resolver tan grave problema.
A estas alturas de mi investigación me encontraba dialogando con unas horquillas de piedras a cuyo pago alcanzaba mi visa. Debía marcharme inmediatamente antes de claudicar en el dispendio y sumar a mi preocupación por los triglicéridos los remordimientos de la compra compulsiva. Me pesaba irme sin saber que sería de la pobre Marta sin vestido pero, justo cuando iba abandonar el local oi a Mónica que decía: "¿para enamorar? o ¿para seducir?" Me di la vuelta.

Mónica estaba de pie frente a Marta, en una mano llevaba un vestido estilo Jackie: negro, de escote barco y manga japonesa, entallado y a la rodilla, sobrio y elegante, en la otra un vestido lencero color ciruela, escaso de tela dejándo el éxito del vestido más a las horas de gimnasio y a los días de ayuno que al diseñador. A Marta se le iluminó la cara. No sé cual de los dos eligió pero por la expresión de su cara me pareció que había encontrado su vestido.

Al salir de la tienda comprendí que los dos ceros adicionales de las etiquetas no responden tanto a la exclusividad de la prendas sino a lo difícil que resulta encontrar a alguien que hablé con franqueza. Y en cuanto a los triglicéridos, creo que no volveré a preocuparme por ellos hasta que averigue qué vestido compró y que fue de Alfredo.

(1*) La joven: al pan pan y al vino, vino. ¡Hay que fastidiarse!
(2*) Una semana sin entrar: ¡qué barbaridad!

martes, 24 de noviembre de 2009

PROTOCOLO: EXTERMINIO




Acabo de recibir copia de una "carta al director" que no puedo dejar de compartir:

"Señor director:

Le escribo para denunciar la presión social que existe hoy en día en la sanidad española para eliminar protocolariamente a todos los niños con Síndrome de Down. La he vivido en primera persona.

Estoy embarazada de 17 semanas. En la semana 12 de embarazo el doctor me prescribió una ecografía de alta resolución dirigida a conocer el estado del niño. Acudí a la ecografía y, al entrar por la puerta, para evitar situaciones incómodas, le comuniqué a la doctora que me iba a quedar con el niño fuera normal o no, viera lo que viera. Al acabar el examen sonográfico me dijo: “tienes un riesgo muy alto de Síndrome de Down: 1/153”. Le contesté que ya lo sabía porque tenía 40 años, y que, a pesar de todo, mi riesgo por edad se había reducido a la tercera parte gracias a su información. Me repitió, mirándome con cara muy seria, “tienes un riesgo muy alto, tienes que hacerte una amniocentesis”. Le contesté que no le veía el sentido si yo me iba a quedar con el bebé. –sabiendo que el riesgo de aborto involuntario en la prueba es de 1/100, aunque ella no me lo advirtió- Me miró de nuevo como si mirara a una loca. Y le contesté, ¿qué quieres? ¿que lo mate? Dio un salto en la silla -lo correcto es interrumpir-

En estas semanas he entrado en Internet, en foros de mujeres, y he visto con desolación como “el protocolo” lleva a que cuando el riesgo de que el bebé tenga Síndrome de Down es superior a 1/250 se considera riesgo alto y se prescribe una amniocentesis para así saberlo con certeza. En la amniocentesis muere 1 de cada 100 bebés – el 99% sanos-. Los que sobreviven a la prueba, si tienen Síndrome de Down, son exterminados en un 93% de los casos.

El argumento reiterado de estas madres para matarlos es el evitarles una vida llena de sufrimientos. Pienso yo que el mismo argumento serviría para eliminar a los enfermos mentales, a los minusválidos y a los deprimidos.

Mi pregunta es ¿podemos decidir qué vida merece la pena ser vivida?. ¿No escondemos un egoísmo en estos argumentos para no querer afrontar una realidad dura? aunque posiblemente no más dura que las muchas contrariedades “inesperadas” o “no programadas” que seguro nos tocarán a todos.

He comprobado con tristeza que una gran parte de la sociedad piensa que sí tenemos ese derecho y hasta niveles extremos “Más vale niño sano muerto que el que sobreviva un sólo niño con Síndrome de Down”. Basta el que una ley nos lo permita. No, no es Zapatero, ni Pajín, ni Aído, son casi todos. Ellos son solo los cómplices necesarios a cambio de unos votos.

Mi dolor no es porque mi hijo pueda tener esa enfermedad. Ya le quiero con toda mi alma. Si no porque tengo que defenderlo de un sistema organizado y sistemático para su exterminio. La nueva Ley del Aborto no establece ningún límite temporal para acabar con estos niños. Hasta el último día del embarazo podríamos matarlos. Esta sociedad está más enferma que la sociedad alemana que tragó con las leyes de Hitler de eutanasia sistemática de los ancianos y enfermos mentales y que llevó al genocidio del pueblo judío.

Yo sólo puedo denunciarlo. Con esta lógica decidiremos la eutanasia de nuestros mayores, de nuestros hermanos enfermos, o de los desvalidos en general, cuando consideremos que su vida ya no merece la pena ser vivida. O no, porque ellos votan, habrá que quitarles primero el voto, claro. "

LPD